¿ES EL AZÚCAR MALO? COTILLEOS Y EL PUNTO C

Tener gusto por el azúcar, inclinación al cotilleo y la tendencia inconsciente de echar por tierra las iniciativas de los demás son algunas de las características intrínsecamente humanas responsables de nuestro éxito como especie, eso suponiendo que muchas copias de nuestro genoma pululando por el planeta sea en sí un éxito, pero ese tema es para otro día.

Al igual que la mayoría de los perros siempre tiene hambre, mecanismo heredado del lobo para ingerir lo más posible en momentos de abundancia, la mayoría de nosotros tenemos también un gusto intenso por el azúcar.
Este impulso era tremendamente útil cuando éramos recolectores y no podíamos dejar pasar la oportunidad de un chute extra de glucógeno si nos encontrábamos con una colmena o una higuera repleta de higos maduros, cosa que no ocurría con mucha frecuencia. Pero hoy hay colmenas cada 20 metros e higueras en un eterno septiembre en cada esquina.

Nuestro cerebro evolucionó y está programado para vivir en grupos de 100 a 150 personas, que era el tamaño óptimo cuando éramos cazadores y recolectores. Por debajo de ese número no había masa crítica para organizarse, cazar y defenderse. Muy por encima, un valle ya no podía soportar tanta gente y además la organización se hacía muy difícil y las tensiones aumentaban; por eso, cuando eso sucedía, el grupo se dividía en dos y uno de ellos buscaba otra zona donde vivir.

A cada uno de sus integrantes le interesaba la supervivencia del grupo, su propia existencia dependía de ello, ser expulsado se traducía en una alta probabilidad de morir. Por eso conocer los detalles de la vida de cada individuo del grupo (cotillear) era primordial para asegurar la supervivencia del conjunto: Jans se queda dormido en las guardias, Johanes se escaquea en la caza del mamut y Sheila se come a escondidas las bayas que recolectamos ayer… o les damos puerta o palmamos todos. Curiosamente, o no, de 100 a 150 es el número de personas del que podemos llevar un registro mental (quién es, cómo se llama, qué hace).

También como consecuencia de haber evolucionado para sobrevivir en un universo lineal, en el que el mundo y la vida eran exactamente igual de una generación a otra, de un milenio a otro (hasta la Revolución Agrícola de hace unos 10.000 años), desarrollamos el mecanismo de resistirnos a los cambios. Estadísticamente en el largo plazo era mucho más seguro hacer lo que se había venido haciendo toda la vida, y durante millones de años realmente fue la mejor opción. Si la genialidad de innovar en la defensa contra el tigre-dientes-de-sable sale rana, Game Over para todos, así que Gretel, déjate de rollos y vamos a hacerlo como lo hemos hecho siempre.

Resulta que ya no vivimos en un mundo de escasez calórica ni en grupos de cien personas para sobrevivir, y si tenemos la iniciativa de hacer algo nuevo y sale mal, en términos vitales, es inconsecuente. Pero nuestro cerebro sí vive en ese mundo, al menos la parte que funciona en piloto automático, el cerebro reptiliano, y nos manda esos estímulos: come dulce, cotillea, critica.

Funcionar en piloto automático con esos impulsos nos ha hecho sobrevivir durante millones de años y estar donde estamos. Que haya funcionado para llevarnos del punto A al punto B no significa que vaya a funcionar para llevarnos del B al C. Lo que ayer era un activo hoy puede ser un lastre. No puedes cambiar tu cerebro, pero sí puedes cambiar cómo reaccionas ante los impulsos que te manda. Bueno, eso suponiendo que quieras ir al punto C.

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